Cuando llegué a casa los adultos seguían hablando como si no hubiese pasado nada. Mi primo pequeño jugaba con algunos juguetes míos que daba por perdidos pero que encontró y su hermano estaba sentado en el sofá con aire de tristeza. Entré, me despedí tan solo de mis primos, le di dos besos a cada uno y al mayor, además, una palmadita cariñosa en la espalda. Subí a mi cuarto, me quité la coleta y me puse algo cómodo ya que la ropa me comenzaba a ser incómoda, no era la ropa que usaba de habitual. Me sentía incomprendida y a la vez furiosa o quizás también algo frustrada.
Cogí la guitarra, toqué unos acordes, eso me relajaba. Al rato escuché como se despedían, abajo, mis padres y mi abuela de mis tíos; no me avisaron, darían por hecho que no estaba dispuesta a bajar, pero para mi sorpresa alguien llamó a la puerta.
-¿Se puede?-Era mi primo mayor.
-Sí, pasa.- Dije sin quitarle el ojo a la guitarra.
Se sentó a mi lado, en la cama, se quedó mirando al suelo y dijo:
-Vete, si realmente ese es tu sueño, ves, no te dejes coaccionar por nadie, aunque sean tus padres.-Su voz sonaba firme y consoladora.-A mí me encantaría viajar, salir de aquí, ser “libre”.- Prosiguió.
-Me iré-Dije decidida-, les guste o no, yo me voy, ya lo asimilarán.
Me miró y me sonrió.
-Pero tienes que prometerme que podré ir a visitarte y que tú también vendrás por aquí, ¿De acuerdo?.
-Prometido.-Dije firmemente y mirándole fijamente a los ojos.
Nos abrazamos y añadió:
-Bueno me tengo que ir, cuando te vayas no te olvides de despedirte, al menos de mí.
Asentí con la cabeza mientras se levantaba y, al salir, cerró la puerta cuidadosamente.
La despedida se alargó diez minutos más, intenté volver a mis acordes, a mí guitarra…
Me acosté y me quedé mirando a las estrellas hasta conciliar el sueño.
Al día siguiente me desperté, más tarde de lo habitual y bajé enseguida. Mis padres y mi abuela ya casi acababan de desayunar y cuando estuvimos todos en la mesa se creó un silencio incómodo y se respiraba un aire tenso. Tomé un poco de leche con tostadas y al acabar me fui a comprar el pan y algunas cosas más que hacían falta en casa. Me dirigí hacia el mercado, a pie, estaba como a unos veinte minutos, pero esta vez no me importaba el tiempo, con tal de no tener que soportar ese silencio incómodo en mí casa.
Era un mercado bastante completo, con una carnicería, una verdulería, una pescadería, una panadería…
Entré a la panadería y me encontré con Andrea.
-¡Andrea!- No me esperaba que ella estuviese aquí.
-¡Ay Va! Sara- Dijo, muy sorprendida y alegre.
Me acerqué al mostrador y pedí dos barras de pan. Andrea ya había comprado pero se esperó a que acabase de realizar mí compra.
-Aún tengo que ir a la verdulería y a la carnicería, sí, ese lugar dónde cuelgan tripas de cerdo y esos pobres conejos. – Matizó; Andrea detestaba la carne.
-Yo también.-Dije mientras pagaba.
Una vez acabamos las compras, volvimos juntas hacia casa, por el camino nos encontramos a unas amigas nuestras: Inés, Carmen y Verónica.
Inés era un poco más alta que nosotras dos, con el pelo liso, castaño y ojos claros. Era de personalidad muy abierta, era muy sociable y siempre tenía la sonrisa en la cara.
Carmen, tenía el pelo negro, y los ojos muy oscuros, pero lo que más destacaba era su piel pálida y llena de pecas.
Verónica tenía los ojos claros, casi siempre iba maquillada,, ya que su madre se dedicaba a la estética; vestida siempre a la moda y su pelo… su pelo cambiaba con frecuencia y siempre nos reprochaba nuestro aspecto.
Justo antes de cruzarnos, susurré a Andrea
-Se lo decimos ¿No?
-Creo que es lo mejor, al fin y al cabo, son nuestras amigas.-Dijo en el mismo tono.
Cuando nos encontramos , nos dimos dos besos cada una:
-¡Andrea, Sara! ¡Cuánto tiempo!- Dijo Inés con su alegría característica.
-Si, la verdad es que hacía tiempo que no nos veíamos-Respondió Andrea sonriendo.
-¿Qué tal estáis? ¿Cómo va todo?- Preguntó Carmen con una sonrisa forzada.
-Pues muy bien…bueno…quizás no tan bien.-Respondí apenada.
-¿Y eso?-Al fin habló Verónica, en un tono, más bien cotilla que preocupado.
-Pues… Ya sabéis que además de la guitarra nos gusta mucho la fotografía y queremos irnos a Liverpool a estudiar.-Andrea habló firme y decidida.
-Pero… vuestros padres…-Carmen, se quedó en blanco.
-¿Cómo? ¿Habéis dicho Liver…pool?-Preguntó Verónica con su estúpido tono de superioridad.
-Sí, a Liverpool. Nuestros padres no están muy de acuerdo pero no nos importa.-Aclaré de forma un poco contundente, ya que odiaba cuando Verónica se ponía en ese plan… ¡Buff! ¡Era insoportable! Y…¿ Es que tan difícil era la palabra Liverpool para qué nadie la supiese pronunciar?, me preguntaba para mis adentros mientras ella asimilaba lo que le había dicho.
-Bah… Que tontería, ir para estudiar como funciona una cámara de fotos eso es cosa de hombres, ellos nos sacarán guapas en cuantas fotos nos hagan..-Se quejó Verónica.
-No empieces tú también ¿Vale? Y eso de los hombres no tiene nada que ver.-Añadió Andrea, ya que ella era una fuerte defensora de la mujer y de sus derechos, aunque no lo propagaba a los cuatro vientos.
Ya empezábamos con lo mismo, no estaba dispuesta a aguantarlo y supuse que Andrea tampoco. Nos despedimos con un “Adiós” algo seco y proseguimos nuestro camino.
Por el camino empezaba a plantearme si de verdad podríamos, es más, si realmente deberíamos irnos, todo el mundo o casi todo estaba disconforme con aquella idea. ¿Tan horrible y horroroso era querer irse a estudiar fuera?
Llegamos a mi casa y como siempre quedamos para luego. Entré y cada vez que estaba en el mismo lugar que mis padres y mi abuela volvía aquel silencio incómodo y ese aire de tensión, por la ventana que estaba encima del fregadero pude ver como se alejaba Andrea hacia su casa. Guardé la compra y subí un rato a mi cuarto, el único lugar dónde encontraría un poco de tranquilidad. A la hora de comer mi madre preguntó tímidamente:
-¿Aún piensas irte?
-Sí.-Contesté de forma breve pero contundente.
Cada uno volvió con su tema.
-Y… ¿Cuándo pensabas irte?-Dijo mi padre.
-Pues hemos estado ahorrando, aunque nos falta algo de dinero, pero teníamos previsto irnos la tercera semana de septiembre, cuando Andrea ya haya cumplido los dieciocho.
-Nosotros podemos dejarte algo de dinero.-Se ofreció mi abuela.
-No, no aceptaré dinero.- Sabía que necesitaba ese dinero, pero mi orgullo podía más que mi razón.
Acabamos de comer y mientras quitaba la mesa fui reflexionando y me di cuenta que parecía que ya lo iban entendiendo o más o menos se hacían a la idea.
Sólo esperaba que las cosas en casa de Andrea también mejoraran.
Al llegar la tarde, tumbada en mi cama, mirando las nubes pasas por encima de mí, se me pasaron muchas cosas por la cabeza, pero, tal vez, la que más me carcomía era la idea de que mis amigas no me apoyaran, o que no viesen con buenos ojos que quisiera cumplir mi sueño, de ser una fotógrafa. Ellas eran muy simples, querían encontrar un marido adinerado para que las mantuvieran y les consintieran todos sus caprichos, ser una madre de familia y unas perfectas esposas, fieles a sus maridos, cosa que yo, detestaba. La mera idea de estar postrada en casa, fregando, cuidando de los niños, y sin poder respirar aire fresco, me repugnaba, yo quería hacer mi vida, ser libre e independiente, y Andrea quería exactamente lo mismo, es por eso, que nos llevábamos tan bien desde siempre. Pero ahora sólo me quedaba esperar a la noche, para ver si podíamos cumplir nuestro sueño juntas, o, si por el contrario, debía seguir, el camino sola.